jueves, 23 de septiembre de 2021

EL PRÍNCIPE DE LA NIEBLA

 La literatura juvenil a menudo es confundida con la infantil, pero existen títulos dignos de mención incluso a edades más avanzadas, y este es uno de esos casos. 

El Príncipe de la Niebla a simple vista puede resultar un libro simple, una lectura ligera por su extensión, compuesto por personajes básicos. Aún con ello, el trasfondo que maneja hace que merezca la pena su lectura, pues moldea la mente a su antojo y la abre a un sinfín de posibles tramas, ni si quiera con el paso de las páginas es probable vaticinar el final tan fuera de lo común que ofrece, donde apuesta por el mal. 

La historia comienza con la presentación de una familia, los Carver, y su mudanza a una casa marcada por la tragedia, siguiendo así el cliché de las películas de terror. Aunque los primeros capítulos se centran en pequeños indicios que anuncian el extraño aura que conlleva la propia casa, tales como el gato o los sueños, toda mi atención se la llevó la subtrama de las estatuas. 

Las estatuas, por definición, son obras fijas, por lo que el elemento sorpresa aparece cuando Max, el protagonista e hijo de la familia, detalla cómo ve que cambian de posición, haciendo saltar todas las alarmas y dejando que sea el lector quien experimente esa tensión. Así, el punto crucial a destacar es la forma en que todas son erguidas en torno a una principal, un payaso cuya mirada y brazos se mueven en señal de bienvenida al protagonista. Bajo mi punto de vista, esta parte podría haber sido más desarrollada, pues es un buen argumento que no supo valorar, ya que de haber extendido la historia hacia este cauce, el payaso podría haberse movido motivado por la caza de niños, o todas ellas podrían haber desaparecido al cobrar vida con el coma de Irina, pues solo necesitaban un sacrificio para ello, por lo que al despertar la pequeña, las estatuas no habrían continuado, dejando un final abierto sobre cómo deberán proteger al pueblo para evitar que haya más accidentes y vuelvan a moverse. 

Por otra parte, la relación entre Alicia y Roland no parece que fuese muy profunda, ya que se conocían de poco y de breves momentos siempre junto a Max, pero él estaba dispuesto a morir por ella, lo que resulta un tanto incoherente. 

En cambio, el descubrimiento de la auténtica identidad de Roland como Jacob, el "niño que murió ahogado" es un auténtico acierto, pues la supuesta muerte del chico fue la perdición de sus padres, pero logró acabar durante un tiempo con el Príncipe al engañar a la promesa que su padre debió cumplir. Aunque igualmente me hubiese gustado que se tratara más acerca de su identidad o de las mentiras de su supuesto abuelo Viktor, también debo admitir que fue un verdadero elemento inesperado, ya que las cintas daban mucho juego y el autor supo aprovecharlo en la revelación de Jacob.

En esta línea, tampoco habría estado de más que todo fuesen simples coincidencias, es decir, que cuando Roland estuvo a punto de ahogarse realmente fuese cosa del azar, pero la paranoia de su padre le llevó a creer en la autenticidad del Príncipe y a materializarlo para su hijo, creando de este modo un monstruo de la nada, y transmitiéndolo de Roland a Max, provocando una reacción en cadena. 

Por último, otro aspecto positivo a resaltar es la forma en que se trabaja el personaje de Alicia, ya que en un principio se la proyecta como una persona fría y vacía, mostrando una gran evolución conforme pasan los capítulos, y volviendo a su inicio tras el gran trauma que sufre, reflejando trastornos reales como puede ser la depresión, que no desaparecen de un día para otro, sino que más bien actúan como una montaña rusa de sentimientos y emociones. 

En el final, el mal gana, rompiendo con lo ordinario y convirtiéndose en una lectura diferente, pero si este es el final... ¿Dónde van las estatuas? ¿Cuál es el próximo destino del Príncipe? ¿Es Irina tan ingenua o por el contrario recuerda todo e incluso ha visto mucho más? ¿Viktor ha terminado su cometido o va en busca y captura del Príncipe?

[Carlos Ruiz Zafón]


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